lunes, 23 de febrero de 2009
No sé si esto llegará algun día a ser un blog. Tengo ganas de escribir uno, pero de momento no creo que haya hueco para ello, así que aprovecharé para publicar algunos textos antiguos. Este tiene unos nueve años. Hacía siglos que no lo leía y me ha sorprendido como ciertos hechos los tenía casi olvidados. Sigo en un mundo de "desdichas y citas" pero algo cambiado, una década no puede pasar en balde.... Lo que sí me asusta son esos presagios sobre el final de la treintena, ya que estoy justo en ese período. De momento lo sobrellevo y ,sí algún día no puedo, tal vez sea el momento de refugiarme en algo, como este blog por ejemplo.
Si alguien lee este relato autobiográfico y quiere comentar algo, se siente identificado, desea contactar..., estoy abierta y disponible desde hoy en este mundo virtual -fuera de él no lo sé, porque soy hipertímida-.
Abrazos
Ahí va el relato...
He tenido más de cien citas a ciegas en los dos últimos años. Una agencia, un periódico... Citas todos los sábados. Puertas que se abrieron por donde se colaron personas inesperadas, situaciones inverosímiles.
Dos años vertiginosos donde me parece haber vivido todo lo que aplacé durante más de una década, la de los 15 a los 25; años en los que prácticamente permanecí en clausura dentro de mi propia casa y en los que, por supuesto, no conocí a ningún chico.
La verdad es que cuando comencé a citarme de esta forma buscaba un novio pero, poco a poco, algo que iba a ser temporal se convirtió en mi modo de vida. Me han acabado gustando las relaciones de un solo día. He descubierto que el primer encuentro tiene algo de lo que carecen todos los demás: Una suerte de indeterminación, de sensación de estar en el aire que produce, en mí, un efecto liberador.
He escuchado cientos de historias, he asistido a comportamientos completamente dispares ante una misma situación. Desde aquel chaval loco por los vinos que me llevó de tasca en tasca para que los probase, hablándome durante todo el rato de su degustación y procesado, de sus viajes -con visitas monumentales a tabernas-... y que tenía, según me dijo entre aliento y aliento de tinto, un póster gigante, con toda la crianza española del 97 presidiendo su cama. Desde este chico, hasta otro que no me dijo nada de nada. Aunque, claro, quien se atreve a hablar de obsesiones, cuando ella es la niña de las citas a cien, de los hombres, todos o cien: Miguel, Antonio, Juan, Paco, Sabino, otro Antonio, Víctor, José Luis, otro Sabino....
Bastantes de ellos podrían haber sido ese hombre esperado, pero, como Machado, he dejado pasar la juventud sin amor.
De entre todos ellos recuerdo a Sergio. El argentino que me hacía repetir las frases: Un “sí” o un “bueno”, dichos en voz muy baja, como si aquello fuese música subyugante. El mismo tono de voz con el que otros me reconvenían diciendo: - "Pero, ¿por qué hablas así?", haciendo que me sintiera una mutante. Sergio que me envolvió con sus abrazos desde el primer momento. Sergio, al que no volví a llamar. Y de un modo muy especial, me acuerdo de Raúl, el primero en mi altar personal. Raúl, el chico de los ojos verdes, el único que llegó antes que yo a las citas. Aquel que bajo el calor de las sábanas me preguntó algo que me sonó raro: -"¿Cómo te llamaban de pequeña?"..., y que, mucho tiempo más tarde, me di cuenta de que en que en realidad se trataba de una frase de amor, la primera que he escuchado.- "Raúl, claro. El que tuvo el honor de tener dos citas contigo y al que no viste nunca más". Si ellos lo supieran, que no les he olvidado, que a algunos de ellos les quiero... Aunque me temo que no entenderían nada, como yo tampoco acabo de entenderlo.
Y una voz dice:- ¡Oh, pobre cretina! Te arrepentirás de todo esto. Cuando descubras que ciertas personas no se repiten, que la oportunidad puede pasar una, cien, mil veces por tu puerta y, de repente, un día desaparecer para siempre; cuando eso pase, entonces, ¡cuánto vas a lamentarlo!
No sé, habrá quien crea que estoy loca, pero, de hecho, en este momento me parece lo más cuerdo que puedo hacer dado mi estado. Hoy por hoy no me siento una mujer adecuada para nadie. Esta es la lista de mis limitaciones:
1) No puedo pasear por el Retiro porque me entra agitación nerviosa.
2) En general, me cuesta salir por la tarde cuando todavía hay luz.
3) No tolero bien que el citado se presente con compañía ya que entonces me quedo completamente muda.
4) Si me invitan a ver una comedia no voy, porque últimamente tampoco me río.
5) La idea da hacer una excursión o un viaje me produce náuseas acompañadas de un sentimiento de imposibilidad absoluta.
6) No puedo compartir una comida, porque se me cae todo.
Intentos sí hago, pero fallidos la mayoría de las veces. Un ejemplo: El otro día fui a tomar unas tapas, de mañana, con un chico. Antes de entrar al bar él dijo que me iba a llamar el lunes para que quedásemos. Después de una hora, plagada de incidentes con las rebanadas, y donde sólo pude aderezar la charla con unos cuantos:- Uhm- Sí- Claro, sí... Él, a la salida, ya sólo comentó vagamente algo así como que le llamase yo.
Ya ni siquiera quiero dar el número de teléfono de casa a mis citas para evitar llamadas intempestivas – todas lo son -, doy el móvil y voy cazando una trás otra “Llamada Perdida”.
Así que soy novia para tomar unas copas, para cama y para mensajes por el correo electrónico. Por eso, a veces, me siento una impedida, con una especie de mutilación invisible, pero igual de incapacitante.
Salvo si es fin de semana – medianoche -, me he puesto mi vestido de gala, corren ríos de perfume, cojo la manilla de la puerta como si fuera un talismán y voy a una primera cita – siempre primera -, estrenando el corazón.
5-agosto-2000 - sábado - : 23 horas : Cita a través de un tele-anuncio.
Le conocí. El hombre que más me ha gustado en mucho tiempo. Se llama Julio. Yo daba vueltas alrededor de las estatuas de Plaza de España y él se incorporó a la escena. Iba desastrosamente vestido. Entramos a un bar y pedimos dos cervezas. En medio de la conversación se levantó y, dejándome con la palabra en la boca, dijo que se iba a por otra –cerveza -. Fue un gesto seco que cortó el aire, como el de un villano en una película del Oeste. Me conquistó.
- Estúpida, imbécil, ¿así se te conquista?, ¿con malos modales y gestos rudos? Si amas tanto esa seguridad aplastante en los otros siendo tú tan insegura, ¿qué conclusión he de extraer?... ¿Qué te odias?... No sé resolver este dilema.
8 horas después: 7 de la mañana del domingo
Y de improviso sus ojos, encima de los míos, extrañamente fijos. Amanecía en su coche. Las últimas moléculas de alcohol se estaban desvaneciendo. El día se abría paso a través de aquellos ojos y creí verlos por primera vez en toda la velada. Su boca, salvaje y anárquica, se movía en todas las direcciones, abriéndose a los pulsos, a las energías que surgían desde su interior, como géiseres, como hermosas bocanadas... Su boca salvaje me tenía igualmente hipnotizada. Sólo podía pensar que deseaba con fuerza lo que estaba sucediendo, que no hubiese querido que sucediese ninguna otra cosa en aquel momento. Y aun habiendo sido bueno, todo lo anterior quedó encadenado a una película en grises y blanco y negro, y aquel instante, sin quererlo, se apropió de todos los colores del verano, de toda su luz: El bello desconocido encima mío, el bello desconocido dentro de mí.
Después, al mirarle de reojo, me dije: -¡Cómo he podido desperdiciar así a este hombre! ¿Cómo he podido agotarlo tan rápido? Pero fue sólo un pensamiento fugaz. Porque en realidad esta es la vida que me gusta. Inesperada, sin guión ni ensayo previo, intercalada de momentos sin futuro ni pasado, momentos en estado puro, sobre los que no haya que hacer cábalas, ni presagios, en los que no se pierda ni se gane nada, salvo ese instante. Que sean sólo chispazos en el aire, fuegos artificiales, como los que había en la mirada de Julio.
Nunca he tenido novio. De lunes a viernes me lamento, pero el sábado soy feliz. Echó en falta un chico que me llamé trás la visita al dentista, un novio que me esperé a la salida de los exámenes, un hombre que me restaure el ego después de que me lo haya machacado todo el mundo. Y, sobre todo, me pesa que no lo haya habido nunca.
- Ella duerme abrazada a la almohada.
- Ella la empapa de lágrimas todos los domingos, de madrugada.
- Ella mira las parejas de las chicas en el metro que, claramente, son de carne y hueso y no como su almohada.
De todas formas, he de decir que los achuchones siempre me han causado mucha inseguridad, y no soy la única, he visto a otras mujeres que los esquivan como si fueran a hacerles daño. Además, cuando le gusto a alguien me entran ganas de salir corriendo. De un hombre que dijo haberse enamorado locamente de mí, huí como de la pólvora.
Y una voz apocalíptica dice:- "Vivirás sola, te pudrirás sola. En tu vida sólo habrá habido un fogonazo de juventud. Ese algún que otro don físico es lo que te salva, cuando el espejo se empañe y pierdas esa pequeña gracia, entonces surgirán los monstruos, te encontrarás de nuevo con el rostro de tu desgracia, la adolescente que fuiste pero, esta vez, sin años jugosos por delante, ni esperanza".
Y aún sigue:- "Cuando pierdas tus citas lo habrás perdido todo. Sólo serás un almacén de desdichas. Un racimo de uvas pasado de siglo, tronchado en cualquier Nochevieja de tus treinta y tantos años. Ya lo dijiste un día, en una discoteca, cuando pediste: - ¡Dios mío! Hazme joven para siempre, no permitas que envejezca, a mí no me va a ir bien en ningún otro estado...".
Septiembre
Me quedan pocos meses para cumplir treinta años.Hoy he soñado que llegaba ese día y que todos los buenos propósitos se iban al traste. Como quien espera la hora de su ajusticiamiento, yo contaba los segundos hasta las cinco y cuarto, el momento crítico.
Treintena: Época dorada, pátina personal, hijos creciendo, barniz profesional...
Nada de nada, sólo quedaba:
Veintena: Ingravidez,
ilusión,
indeterminación,
inocencia.
Imposible ya.
39ª cita de este año: 15 de octubre
Se pasó mucho. Me enfadé y tuve que irme, calle Huertas abajo, mientras, él, pronunciaba mi nombre. La parte dolida, huía, pero la otra agradecía su llamada. Porque, en el fondo, ¿quién quiere quedarse solo a las dos de la madrugada? Él seguía llamándome. Me cambié de acera; ya no le oía. Si le escuchase una vez más, iba a empezar a estirase mi vanidad. Y así fue, a lo lejos, aún sonó su voz.
- Claro, el vestido de terciopelo negro, la cintura bien marcada, las tetitas bien puestas.
Y pensé:
- Hoy no, pero alguna vez necesitaré con fuerza que un hombre me siga y me reclame y tal vez, entonces, no habrá nadie.
Sentí pavor por el día en que tuviese que adentrarme sola, completamente sola, por el túnel de la noche hacia mi casa. Y que, aún clamando al cielo, nadie acudiese, porque la respuesta no estará en proporción con el desamparo que se sienta, sino con algo tan fútil, tan ajeno en cierto modo, como el brillo de tus labios.
Pero, ¡Dios! Cómo odio que algo tan maravilloso como estas escapadas nocturnas, algo que he procurado mantener en una esfera aparte, preservado de todo, vaya a quedar reducido en mi cabeza a una cuestión de atractivo físico. Solo espero que el tiempo, la actitud de los hombres, no me lo acaben confirmando.
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